martes, 1 de septiembre de 2009

viernes, 28 de agosto de 2009

Dulzura distante

Me acordé. Y tu dulzura distante. Y voló, voló mi destino. Y duró mi vida un instante.


Otro bello tema de Fernando Cabrera con la bella voz de Ana Prada.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Dolor impaciente

Duele. Como salir a correr después de cinco años de no hacer nada. Como si se desgarraran las pantorrillas, los brazos, los cuádriceps. Duele. Como el abandono, como el despojo de las ilusiones, los proyectos, las mañanas y los rayos del sol atravesando las rendijas de la ventana. Duele. Como la soledad perpleja de unas paredes gastadas, añejadas, olvidadas. Como el vacío otoñal retorciéndose en las vísceras. Duele. Como el silencio dominical, cronometrado, desilusionado. Como el fuerte olor a miseria, a enjambre, a pesadilla. Duele. Como despertar con fiebre, sudor y escalofríos. Como el vulnerable desaire de una madrugada lluviosa y fría. Duele. Pero no salió a correr (aún), ni la abandonaron (supone), ni las paredes se gastaron (todavía), ni el silencio la abruma (lo disfruta), ni tiene fiebre (por suerte). Todavía busca (o prefiere ignorar) el rincón oscuro de ese dolor impaciente.

lunes, 24 de agosto de 2009

Implacable

La nostalgia es linda, a veces. Es como despegar la etiqueta de un viaje nuevo. Como desempolvar la biblioteca del abuelo. Como respirar en un inhóspito paraje. Como unos mates amargos en la letanía de un feriado postergado. La nostalgia es linda, a veces. Es como descubrir fotos amarillentas mientras buscás algo perdido. Como el hervor de un guiso de lentejas un día de mucho frío. Como el perfume de los azahares en una fugaz visita a la casa de tu infancia. La nostalgia es linda, a veces. Es como un beso recóndito y cosquilloso. Como un café en la 25 de Mayo de Tucumán. Como el sonido furioso del viento en un décimo piso. Como releer ese libro que despojó tus sueños a los 15 años. La nostalgia es linda, a veces. Pero, también, implacable.

martes, 18 de agosto de 2009

Lo difícil de las trampas

Nunca es fácil descubrir las trampas. Trampas en los juegos, trampas en la calle, trampas en los límites, trampas en el amor, trampas en la competencia, trampas en la cabeza, trampas en el cambio, trampas en los discursos, trampas en la política, trampas en la amistad, trampas en los vuelos, trampas ocultas, trampas explícitas, trampas en los abrazos, trampas en la desazón, trampas en el zapato...

Más difícil aún: descubrirlas y no poder esquivarlas.

lunes, 17 de agosto de 2009

Agua

¿Llueve? No, no llueve. Pero se escucha clarito: cae agua, mucha agua, como una catarata. Clarito, clarito, a pesar de estar en un 10º piso y de que la ventana dé a una avenida ultra transitada. ¿No serán los autos? No, no son los autos. Es agua, y no viene del cielo, ni hay un camión hidrante, ni nada de eso. Es la fuente del edificio de enfrente. ¿Me estás jodiendo? No, no te estoy jodiendo. Hay una fuente en el patio delantero del edificio de enfrente. Y se escucha clarito: atraviesa el sonido infernal del tránsito, de las bocinas, del embotellamiento, de los autos y hasta de los camiones que van al puerto; sube y sube hasta el 10º piso, entra por mi ventana y se queda ahí, al ladito nomás, en la oreja de uno. ¿Estás fumada? No, no estoy fumada. Pero esa fuente casi casi provoca eso.

sábado, 15 de agosto de 2009

Tanto

Tanto despiste. Tanto de corridas, de ocupaciones, de sinsabores y no tanto. Tanto de noticias, de música, cosquillas y deseos que vienen y se esfuman. Tanto de cuelgue, de enojos, de disfrute, de contracturas. Tanto de compañías y soledades. Tanto de que me mudo y no hice nada. Tanto de silencios y palabras de más. Tanto de agite, de pasiones y de diván. Tanto de fútbol, de Grondona, de Clarín. Tanto de mails, mates, despertador que suena y de no olvidar la ropa en el lavadero ni el homework de inglés. Tanto, pero tanto de rutina, que me olvidé. Actriz de reparto cumplió un año el 11 de agosto. No parece que haya pasado tanto. Y sin embargo hubo tanto que pasó por aquí.

jueves, 13 de agosto de 2009

Pablito

Es alto, grandote, deportista y musculoso. Usa barba de algunos días, rulos despeinados y salvajes y despierta suspiros entre mis amigas. ¡Pero ellas no entienden que las apariencias engañan! Las veces que habremos discutido por lo mismo. Yo roja de la ira tratando de explicarles que aún es un niño, que le cambié los pañales, le preparé la papilla y hasta le enseñé a caminar. No entienden que siempre va a ser mi hermanito.

Se llama Pablito y hoy cumplió 22 añitos.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Tic-tich-tashh

Tic-tich-tashh-trummm-ploinnngg... ¡Uy!, se cayeron las ideas.

Las estoy buscando, sepa disculpar.

sábado, 1 de agosto de 2009

Hojita de albaca

Hojita de albaca, tierra fértil y espigada
frecurita de azahares,
te canto, te bailo, te arrumaco, te amo.

Ay, hojita de albaca
te descubro,
te veo, te huelo,
tu pielcita suave y entalcada.

Ay, frescurita de azahares
el despertar de la Pacha,
vaya ritual, viento y quebrada.

Mi frescurita de azahares
hoy, tu madrina cerca,
siempre, en tu almita lejana
que hacía tanto añoraba.

Nota: dedicado a mi ahijadito, mi huevoncito, Ulises, que finalmente conocí hoy. Mitad tucumano, mitad jujeño y nacido cordobés, lo bautizamos hoy con ofrendas a la Pachamama, en el día en que se celebran los rituales dedicados a ella, la Madre Tierra.

martes, 28 de julio de 2009

Las madres y el celular

Suele ser una de las burlas de mis amigos más cercanos. Es triste, pero asocian el sonido de mi celular a una llamada de mi vieja. Nunca se les ocurre que puede ser un tema de trabajo, un colega, un amigo de la infancia, mucho menos un enamorado. Nono, para ellos el sonido de mi celular es sinónimo de “otra vez, tu vieja”. Es que desde que tenemos ese bendito sistema empresas, donde todos los de la familia nos podemos hablar gratis, mi mamá llama cada dos por tres. Sin motivo alguno, eh. De aburrida nomás. Su muletilla es “¿alguna novedad?”. Y claro, mi repentina cara de ojete y mi voz casi violenta:

- Y no, mamá, ¡qué novedad puedo tener si hablamos hace 15 minutos!
- Buenooooo, es que te extraño, che. No seas malaaa.
- Bueno, mamá, es que es lo mismo cada vez.
- Ta’ bien. ¡Te quiero! Chau.
- Chau.

Encontré de casualidad este video (muy gracioso, por cierto) donde ironiza la situación de una madre que llama una y otra vez a su hija, por cualquier razón (o sin razón). “¿Qué pasaría si tu madre pudiera llamarte todo el tiempo?”, pregunta. Yo respondo: “Uff, decímelo a mí”.

viernes, 24 de julio de 2009

Las escapadas de mi viejito cabrón

1- El muy cabrón se escapaba y me seguía al colegio. Tenía que hacer malabares para despistarlo y evitar que entrara. Pero se las ingeniaba, a pesar de que le cerraba la puerta en la cara: daba la vuelta a la manzana y entraba por la otra entrada. Me daban ganas de matarlo, porque tenía que salir de clases, retarlo y convencerlo para que volviera a casa. Un día, en pleno examen final de una materia, el preceptor vino a buscarme: “Srta. Tapia Garzón, ¿podría sacar a su perro de la Rectoría?”. Cuando entré a la sala, estaba el muy cabrón moviéndole la cola a una endiablada rectora que no paraba de gritar para echarlo.

2- Un día vinieron mis compañeros del secundario a hacer un trabajo a casa. “Tu perro está en la avenida toreando a los colectivos, lo van a matar”, dijo uno de ellos. Salí a buscarlo, pero no lo encontré. El muy cabrón a veces se alejaba tanto que uno no sabía por dónde andaba. Pero a la tardecita siempre volvía. Rasgaba la puerta de entrada para que le abramos. Ese día no volvió. Ni al día siguiente. Ni al siguiente. Lo buscamos por todos lados, hasta en los alrededores de la avenida, pensando que quizás lo habían atropellado. Pero nada. A la semana habíamos perdido las esperanzas y empezamos a llorarlo. Era una mañana de un invierno tan frío como el de estos días. Amanecimos con su rasguño en la puerta y su llantito agudo. Traía puesto un pulóver ajeno.

3- Hace poco cumplió 15 años. Estaba sordo, casi sin dientes y con una afección cardíaca que lo cansaba demasiado cuando caminaba mucho rato. Pero seguía siendo tan entusiasta como aquellos años en los que me seguía al colegio o se metía en mi cuarto a marcar territorio en la pata de mi cama. El muy cabrón, mi viejito cabrón, se volvió a escapar hoy. Pero, esta vez, se escapó para siempre.

miércoles, 22 de julio de 2009

Pasta frola

Lo corta. Lo prueba. Sabor a infancia. Lo pone en un jarro a derretir. Ve cómo se deshilvana contra el aluminio. El vapor, el olor, la gruesa consistencia. El cosquilleo del viento en la cara. Su memoria difusa pero casi intacta. Las montañas de Andalgalá. El color cobrizo del dulce. Los ríos crecidos en el verano. El paisaje árido. La barraca pegadita al fondo de la casa de sus abuelos. Los durazneros. La jalea que comía del bote a cucharadas. Las parras. Las ciruelas. Las limas. Las tunas. El empacho aquel que no le quitó las ganas. La pileta municipal con agua de río. El trampolín más alto del mundo. Los huevos de las gallinas con las que jugaba a hacer tortas de barro. El pollito a medio formarse que salió de las cáscaras que acababa de romper. El sabor agrio de la travesura. La harina en la piel en pleno carnaval. La panadería del abuelo. La vecina chusma de la esquina. Su primer accidentada serenata. La masa estirada sobre la asadera enmantecada. El primer chico que le provocó susurros en la panza. La escapada al baile con su prima. La tía enojadísima que las descubrió. El piano en el hall de entrada. La plaza del pueblo al anochecer. Chaquiago. Vuelca el dulce de membrillo derretido. Hacía mucho que no cocinaba una. Los adornitos de arriba. El olor a horneado. Y su primer pasta frola después de tantos años.

sábado, 18 de julio de 2009

Súplica

Me impresiona esta imagen de AFP. Denota casi lo mismo que la clásica frase de humor de la Mafalda de Quino “¡Paren el mundo que me quiero bajar!”. Pero en versión drama, ¿no?

viernes, 17 de julio de 2009

Y para mí también

“¡Hay parrilla para dos, para tres, para cuatro!”, se lo escucha gritar con los panfletos en la mano. De lejos se lo distingue fácil. Su panza prominente, su altura bajita, su mirada desgastada. O será que para mí es fácil distinguirlo. Aunque la boina teñida de años y mugre le pese sobre la frente y le machuque los rizos blanquecinos. En los últimos dos años lo vi cuidar autos, permanecer sentado en el pequeño escalón de la puerta de la misma casa, saludar a todo el que pasa con un gesto amable y conocedor de esa cuadra de San Telmo en la que siempre, siempre, vela, palpita, relojea, trabaja. Y ahora sigue ahí mismo, repartiendo volantes. “¡Hay parrilla para dos, para tres, para cuatro!... y para mí también”, agrega, bajito, medio a escondidas, como diciéndolo para él mismo, como pensando en voz alta, casi como sin darse cuenta de lo que está develando.

El otro día le respondí, sin detener mi andar apresurado. “Qué suerte, compay, déjeme un huesito pa’ la próxima”, le dije al pasar. Me miró desorientado. Y siguió, sin pausa alguna: “¡Hay parrilla para dos, para tres, para cuatro!... y para mí también”.