jueves, 13 de noviembre de 2008

Vestidito blanco a lunares azules

Era noviembre, como ahora. El calor sofocaba en esa iglesia de barrio que, por su estructura redonda, ella fantaseaba con que era un plato volador. Hilos de transpiración le caían por entre sus pechos recién madurados, que a penas se dejaban notar a través del vestidito blanco a lunares azules que su mamá le había comprado para la ocasión: su colación de séptimo grado.

Estaba hermosa. Sus maestros se lo decían. Sus compañeritos de grado, a los que miraba desde una o dos cabezas más arriba, no dejaban de contemplarla. Las personas en la iglesia mucho menos: el caricúlico cura, la mujer mojigata de anchos anteojos, el pelado con camisa a cuadros y rosario colgado al cuello… Todos la miraban. Ella lo sentía. Pero no porque estaba hermosa, sino por su desubicado y apresurado cuerpo de mujer, que hasta entonces se había encargado de tapar, para que nadie nadie nadie se diera cuenta.

De pronto, y como en cada acto escolar, el profesor le pidió que pasara a leer el discurso. Debía subir adonde estaba el cura que la miraba caricúlico, como si fuera uno de los escenarios a los que estaba acostumbrada a trepar de un solo y despreocupado salto. Tenía que hablar delante de toda esa gente con rosario en mano. Y eso, que antes hacía con total desparpajo, la aterraba, la paralizaba, la avergonzaba, por culpa del vestidito blanco que a esa altura odiaba con toda su alma. Por primera vez, se negó a leer el discurso.

Cuando terminó la misa, y en medio de la desesperación por salir rápido de ese plato volador que la atormentaba, la señora mojigata se le acercó, la miró de arriba abajo, y de un susurro terminó de refregarle ese cuerpo que ya no soportaba más: “No se puede venir así vestida a la casa de Dios”. Como si su pudor no le bastara. Como si sus ojitos de gruesas pestañas no mostraran que era una niña de séptimo grado. Como si el vestidito hubiese sido la manzana de un pecado que, encima, no había cometido.

Salió escondiendo los ojos mojados. Se subió al auto con sus papás, a pesar de que sus compañeritos iban todos caminando hasta la fiesta de egresados que tanto había organizado. Rogó que la llevaran a casa. Se puso unos enormes bermudas de corderoy rojo que le llegaban hasta las rodillas, una de las camisas a cuadros de su papá que tanto le gustaban, y los ya desgastados mocasines marrones. Corrió hasta el colegio que quedaba a la vuelta de su casa. Saltó el alambrado como cada tarde cuando iba a clases. Se reunió con sus compañeritos que ahora parecían de su misma altura. Bailó feliz toda la noche. Y se olvidó del vestidito blanco a lunares azules.

Hasta hoy, 17 años después, mientras piensa cómo le gustaría tener ese cuerpo para volver a usarlo.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Buscar para encontrar


Teatroxlaidentidad es siempre búsqueda. Búsqueda de nietos, búsqueda expresiva y búsqueda de nosotros mismos. Búsqueda y, a veces, encuentro”.
El 8º encuentro de Teatroxlaidentidad que organiza Abuelas de Plaza de Mayo comienza mañana y dura hasta el 30, en el Teatro Nacional Cervantes. Tengo ganas de buscar y encontrar, para no olvidar. ¿Te prendés?

Nota:
Las entradas son gratuitas y hay que retirarlas el mismo día de la función por el teatro. La programación, aquí.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Alejar el olvido

Foto: Juan Jaramillo

Foto: Alonso Delgadillo


Cómo será, qué será, después de la muerte. Una pregunta que nunca me había hecho. Quizás de niña, pero no lo tengo presente. El día de los muertos para mí nunca fue. Lo único que recuerdo es que mi tía Juanita, que también ya murió, solía pedirle a mis viejos que ese día la llevaran al cementerio a visitar a sus muertos. Pero nada más. Ni siquiera tengo memoria de la última vez que fui al cementerio de visita.

Anoche participé por primera vez de una celebración por el día de los muertos. La organizaron unos mexicanos amigos. Levantaron un altar artesanal, hecho por ellos mismos de flores rojas. Allí depositaron ofrendas para sus muertos: alcohol, cigarrillos, muñequitos y dibujos de simpáticas y felices calaveras. Tan felices como la noche de fiesta. Porque para la tradición mexicana es eso, una fiesta que comparten los vivos y los muertos. Los muertos tienen permiso ese día para visitar a sus seres queridos vivos y festejar el reencuentro. Una fiesta que, dicen, aleja el olvido.

Me llenó de color. Recordé. Bailé hasta esta mañana con la tía Juanita, con la abuela Yuliet y el abuelo Fermín. Miré fijo los ojos azules de mi tío Pepi que no llegué a conocer, pero al que muchas veces le hablé. Y entonces me pregunté, por primera vez, cómo será, qué será, después de la muerte.

Comparto con ustedes una canción que hizo mi amigo Luigi Maderuelo. Se llama Cómo, y plantea el mismo interrogante que hoy me hago yo. Una especie de fusión de sonidos, voces, guitarras eléctricas, tambores, contrabajo y samples. Y hasta incluye un pedacito de la letra de Subo, una hermosa copla del Chivo Valladares. Para alejar el olvido.




jueves, 30 de octubre de 2008

Mala palabra

Criticar a Maradona siempre fue mala palabra. No es para menos: es el Diez, es Dios, su mano hizo milagros, tuvo un programa de TV y, aunque tenía invitados, la estrella nunca dejó de ser él. Sobrevivió a múltiples sobredosis, internaciones varias, gordura extrema, by pass gástrico, alcohol, droga, exceso, exceso, exceso. Y ahora que acaba de cumplir los 48 años, dicen, está re cuerda.

Tanto tiraron de la cuerda que ahora lo ponen de DT en la Selección. Y en la Selección no se perdona. No se puede perder partidos, porque te tenés que ir, porque de pronto sos el peor DT de la historia, porque sos un fracasado. Y se discute. Se insulta. Se pelea. Y exceso, exceso, exceso. Entonces, pregunto: exceso con exceso, ¿funcionarán bien? Cuerda floja con cuerda floja, ¿se entenderán?

Y si se corta la cuerda, y el equipo no evoluciona, y pierden partidos como el que jugaron contra Chile: ¿Maradona seguirá siendo Maradona? Hablo del Maradona Diez o Dios, del Maradona de los milagros, del Maradona de las mil vidas, del cuerda y del que parece que le dan cuerda para jugar, para gambetear, para vivir, para creer(se).

Yo creo que no. Yo creo que para justificarlo -como siempre- volverá a ser el Maradonapobretipo. Porque así somos. Le damos cuerda y después se la soltamos.

Perdón por el exceso. Perdón por usar su nombre en vano. Perdón por la mala palabra.

miércoles, 29 de octubre de 2008

La suma de todos los miedos

Campo, AFJP y leyes duras contra la inseguridad, juntos y dándose palmaditas.

lunes, 27 de octubre de 2008

Sub-realismo criollo


Chacarera

Los violines de la chacarera santiagueña suenan siempre un poco desafinados.
A propósito.
Para que la música suene bien en el volumen saturado de las radios de los camioneros, en las radios con poca pila de los ranchos del monte, en los bailes de clubes cancha de basquet-tinglado de zinc.
Para darle una textura acorde al calor salvaje de las siestas, a los manteles pegoteados de los bares de ruta vino tinto-ginebra-caña Legui.
A los zapatos viejos, ajados y relustrados de las maestras que ganan dos pesos y esperan el colectivo en la puerta de esos mismos bares.
A sus medias de nylon-hebillas-pulseras que hacen juego.
Suenan un poco desafinados por que sí.
Para convocar a las iguanas y a los duendes.
Porque las cuerdas son baratas.
Por no saber tocar mejor.
Por tener vagancia de afinar si total para que.
Para que la música se impregne del resentimiento y el orgullo que conviven en el mestizaje.
Para acompañar a los borrachos que cantan a destiempo.
Para ser coherentes con el desaliño de la periferia.
Para mostrar la hilacha.
Para matizar con un poco de humor tantas ausencias y tanto dolor.


Nota: Al texto lo encontré de casualidad ojeando uno de los libros del fotógrafo Marcos López, Pop Latino. El relato es suyo y me impactó no sólo porque tiene mucho de mis orígenes, sino que lo encontré mezclado entre fotos y obras de arte pop como la que colgué en este post. Su obra, dice él mismo, es "Sub-realismo criollo". Y me pareció un lindo título para un post.

miércoles, 22 de octubre de 2008

La terraza

Hace dos días fui por primera vez. Después de casi dos años, me animé. Vencí los julepes y prejuicios. Me quité el molde y tomé fuerzas. Respiré hondo y me acerqué. Por fin, la conocí. Pero como no me alcanzó, en su regazo me quedé. Observé su contorno. Me quedé colgada de sus cobijas. Curioseé desde cada uno de sus rincones. Y ocurrió lo que temía: me gustó.

Sin embargo, no es muy distinta de lo que me imaginaba. No es linda. No tiene simpatía ni comodidades para recibir a nadie. Es muy superficial. No inspira seguridad. Y encima, emana un vapor denso. Pero me gustó.

Me gustó por sus distintas visiones del mundo que la rodea. Por su encantadora mirada casi patriarcal sobre todo lo que (sabe) está por debajo suyo: desde los diminutos autos cuyo ruido insoportable no alcanza a molestarla 13 pisos arriba, hasta el implacable Río de la Plata que todavía se deja ver, entre las cada vez más numerosas torres que invaden un paquetísimo Puerto Madero. Desde la autopista 25 de Mayo y su ronroneante smog de las 6 de la tarde, hasta la callecita de adoquines que contornea su inmensidad. Desde los pequeños balcones vecinos, abarrotados de plantas, plantines, broches, jabón y ropa colgada de sogas, muchas sogas; hasta la inmensa casona abandonada que choca con su espalda, cargada de árboles tan secos como ella.

A pesar del cemento. Del reducido espacio repleto de baldosas calientes por un sol que pela. A pesar de los caños gruesos que van y vienen y casi impiden caminar. Del denso cablerío, antenas parabólicas y demás. Aunque falten el verde, los pájaros y el sonido del viento crudo. A pesar del escalofrío que me electrizaba la piel cada vez que miraba hacia abajo. Ahí me quedé. En la pequeña pero impactante terraza, a la que nunca antes me había animado subir.

Me gustó. La disfruté. Y me dieron ganas de volver.

lunes, 20 de octubre de 2008

Francotirador

Para explicarme que aún no encuentra el lugar indicado desde dónde ejercer su profesión, un amigo me dijo que se siente como un francotirador. “Estoy todo el tiempo apuntando y tirando, a un lado, a otro…”. Y pensé que, en la vida misma, todos somos un poco francotiradores.

sábado, 18 de octubre de 2008

Invisible a los ojos


Va, viene. Sube, baja. Copia, crea. Aparece, se va. Ríe, llora. Muestra, pero esconde. Ama, mientras odia y engaña. Divierte, me aburre. Juega, duerme. Trepa, se desliza. Susurra, grita. Come, ayuna. Hace, queda inmóvil. Toca, mira de lejos. Aplaude, abofetea. Destella, opaca. Mira, ignora. Gira, dobla, vuelve atrás, sigue derecho. Vuela, nada. Porque, en definitiva, nada por aquí, nada por allá. Y yo: claro que sí, cómo no. Total, es invisible a los ojos.

viernes, 17 de octubre de 2008

Nostalgia de provincianitos

El otro día me puse a discutir con mi hermano (siempre discutimos, somos hermanos) sobre la violencia que reina en las calles. Surgió luego de que yo contara una pelea que tuve con el chofer de un colectivo, que sin razón alguna me re puteó cuando subí al bondi repleto y yo le contesté, sacadísima.

Mi hermano me decía algo así como que, con mi reacción, yo había actuado en consecuencia con esa violencia. Y yo le retrucaba que no, que el hecho de que esa violencia exista no significaba que yo tenía que quedarme en el molde y dejar que ese pobre hombre, cansado, violentado por la gente, sofocado por el tránsito, las bocinas y demás, me insultara gratuitamente sólo porque su vida era una mierda.

Después de discutir violentamente con mi hermano (siempre discuto así con él, hasta por la boludés más grande, es mi hermano), de burlarme de sus palabras y reírme en su cara (como cuando éramos chicos, porque sé que lo enoja), hicimos las pases (como siempre también, a los minutos ya somos amigos). Y me regaló un poema, que encontró por ahí. Tiene un tono nostálgico, arrabalero, bien de tango. Por eso, dice mi hermano, viene al caso. Porque “nosotros los provincianitos debemos tener una nostalgia bien parecida al tango”.

Impiedad

Se apelmaza en el tren, el bondi, el subte,
porque, día tras día, va a yugar.
Se calza el celular y la corbata
el walkman… y a engrupir su soledad.

Hay que aplastar al otro pa´ salvarse;
primero yo, gilito. Y nada más.
Todo el cemento cabe en su tristeza,
lágrima de concreto es la ciudad.

No están las parras
ni las guitarras,
las casas bajas
también se van.
Ya se perdieron
las serenatas,
la noche grata
se quedó atrás.
Cuando el tranvía
se tomó el piro
la mano amiga
no existió más.

Gambetea semáforos, bocinas,
esmog, neurosis y en su horizontal
convoy moderno donde sólo muere
apoliya su pena… ¡Y a soñar!

Sueña que es triunfador; no, poligriyo.
Busca la salvación: escolasear,
más sigue hastío, celular, corbata,
pena, walkman, rutina… su yirar.

Juan Carlos Giusti

lunes, 13 de octubre de 2008

Sillón engualichado

¿Sabrá el tapicero que lo compró que ese sillón tiene un gualicho? Además de haberse vuelto viejo, alguien lo engualichó, estoy segura. Sino, ¿cómo puede ser? Durante tres generaciones cumplió con su cometido una y otra vez. Nunca falló. Y a pesar de todo se guardó todas las mañas. Y hasta se llevó consigo todas las historias que aquellos años obligaban a ocultar. Quizás sea eso. De pronto ya no había qué ocultar, entonces su encanto se apagó. Su hechizo se desdibujó. Y ya no sirvió más. Por eso se vendió.

Era el sillón casamentero de la familia. Ahí se sentaron mis bisabuelos maternos antes de casarse. Allí fue donde mi abuelo le robó el primer beso a mi abuela. Y las hermanas de mi abuela engancharon a sus novios y futuros maridos. En ese sillón, además, mi mamá lo apuró a mi papá para casarse. Era algo así como el amigo cómplice de las mujeres de la familia, el confidente. Era el que las ayudaba a no quedarse solteras.

Ahora entiendo. O no, mucho no entiendo. “No vayas al living”, me advertía mi mamá, medio en broma, medio en serio, cuando me visitaba mi primer noviecito de adolescente. No quería que me sentara en el sillón, supongo. Pero no se dio cuenta que no tenía que decir nada. Porque entonces yo más quería ir al sillón con ese novio. Y con el siguiente también. Así lo hice: con uno, dos, tres… bueno, unos cuantos noviecitos. Hasta que me fui de casa. Por eso se rompió la racha del sillón. O alguien lo engualichó. No sé. El tema es que dejó de servir, aunque sus amplios respaldos y almohadones seguían intactos (y cómodos), a pesar de los años. Por algo el mes pasado mi mamá decidió venderlo, ¿no?

sábado, 11 de octubre de 2008

Contradictorias, pero hermosas

Así las describió cuando me las regaló. Pero yo creo que, al final, no son tan contradictorias. Aunque sí bellísimas.


"Volver, Volver", Chavela Vargas.


"El último trago", Chavela Vargas.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Qué horror


Son nada más y nada menos que 6300 adolescentes los que están en el sistema penal. Es decir que, ya sea por estar sospechados o imputados de cometer delitos, están cumpliendo alguna pena ordenada por un juez. Uno de cada cuatro de ellos cumple su pena en institutos con regímenes cerrados, a pesar de que la Convención Internacional de los Derechos del Niño, con rango constitucional, establece que la privación de la libertad debe ser el último recurso, y sólo debe aplicarse en casos extremos. Sesenta y siete de los detenidos llevan presos más de dos años. El 40 % está encerrado por delitos leves. Qué horror.

Nota:
información y foto extraídas de acá.

lunes, 6 de octubre de 2008

Pánico escénico

No subía a un escenario, sola, desde los actos patrios de la primaria. En serio. Y ahí estuve, otra vez, leyendo historias (las del blog) que no se muy bien qué son, pero son. Fue como retroceder muchos muchos muchos años en un instante. O quizás fue mi deseo de retroceder, de recordar. Por entonces, casualmente, comencé a escribir. Fue cuando nació mi deseo por escribir. Y pensé que cuando sea grande iba a ser periodista. Pero una periodista que escribe las historias, no que las cuenta en voz alta. Porque yo sabía que iba a ser una periodista con pánico a ser observada. Con pánico escénico, que le dicen ahora.

Gracias a mi amigo Chavi por la invitación. Estuve nerviosa, pero lo logré. Ahora tengo menos de ese pánico con nombre moderno.

jueves, 2 de octubre de 2008

Humo

Aquí y allá. En todos lados. Humo y más humo. En casi todos a mi alrededor. Antes era al revés: creía ser una de las pocas (minoría) que lo producía y lo producía sin parar. Y admiraba a los que no (mayoría) lo necesitaban como yo. Ahora, que ya no lo necesito (o sí, un poco sí), es la mayoría la que lo necesita como antes yo (o quizás no).

Es así, como una cortina de humo que te envuelve, te lleva, te engaña, te hace creer… Nunca terminás de saber cuál es la verdadera verdad. Hasta que se hace humo, supongo. Y te olvidás.