sábado, 26 de septiembre de 2009

Mujer

Mira lento. Suspira. Vuelve a mirar. La sensación de tirantés de los finos pliegues de su piel le hace resonar los consejos de su tía. Ya deberías comenzar a usar crema, porque en breve esas pequeñas líneas se comenzarán a notar. Pero se olvida. Siempre se olvida en el momento en que debería acordarse. Se cansa más. Sale de noche y muy pronto se emborracha. Tiene sueño más de la cuenta. Siente la letanía del cuerpo, aunque aún no dio de mamar. Y de pronto los recuerdos se le convierten en nostalgia. Se arrepiente. Mucho más a menudo se arrepiente de lo que no dijo ayer, de lo que dejó pasar aquel día, de aquello que miró con ligereza. Se preocupa con más intensidad. Discute con más euforia. Ya no son tan fáciles las lágrimas. Y se detiene, casi minuciosa, en eso que ahora le cuesta pero que antes conseguía sin preocupación. Casi no recuerda lo que soñó anoche, pero es más apasionada al soñar. El amor pasó, la rejuveneció incansable, la tiró como una lanza, la despabiló, la volvió a dormir. Y de repente siente que su mirada se torna más dura, más tosca, menos angelical. La sonrisa es menos tímida, más locuaz, más espontánea, pero más selectiva. Ya no le teme a la soledad, o sí, pero no se conforma con una blanda compañía. Las mañas le tiñen la frente y las inseguridades ya no la atormentan tanto. Cara lavada, zapatillas de lona, uñas pintadas y cabellos despreocupados. No le importa la cabeza sentada, aunque debería usar valija porque la mochila le hace doler la espalda. Niña para el mundo. Mujer para la raza.


Nota: A mis amigas del barrio, ahora desperdigadas por varios barrios... y sobre todo a la Negra, que hoy cumple 32 años.

martes, 22 de septiembre de 2009

Curiosa sutileza

"No son las paredes, ni el techo, ni el piso lo que individualiza la casa sino esos seres que la viven con sus conversaciones, sus risas, con sus amores y odios; seres que impregnan la casa de algo inmaterial pero profundo, de algo tan material como es la sonrisa en un rostro, aunque sea mediante objetos físicos como alfombras, libros o colores. Pues los cuadros que vemos sobre las paredes, los colores con que han sido pintadas las puertas y las ventanas, el diseño de las alfombras, las flores que encontramos en los cuartos, los discos y libros, aunque objetos materiales (como también pertenecen a la carne los labios y las cejas), son, sin embargo, manifestaciones del alma; ya que el alma no puede manifestarse a nuestros ojos materiales sino por medio de la materia, y eso es una precariedad del alma pero también una curiosa sutileza".


Nota: extracto de "Sobre héroes y tumbas", de Ernesto Sabato.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

El 15

La primera vez que gané algo al azar fue cuando tenía 15 años: fui la ganadora de una torta que rifaban los chicos del último año de mi escuela para irse de viaje de egresados. ¿El número de mi rifa? El 15. Lo había elegido porque fue precisamente un día 15 el que me había puesto de noviecita por primera vez. Varios años después, durante una fiesta del día del estudiante, me dieron con la entrada un número, el 15, y gané el premio mayor de una serie de sorteos: un colchón (más insólito que el premio fue llevarlo a casa de mis padres a la madrugada y bajarlo de la camioneta de mi papá frente a unos vecinos que miraban... al menos con mucha curiosidad).

No suelo ser supersticiosa, pero me gusta el 15. Y aunque lo que busco no es precisamente suerte, ni que me ayude el azar, ayer me dieron ganas de darle crédito al 15. Ojalá que sí.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

No se negocian

Hace poco más de 15 años que no voy. Hasta me mudé a la Gran Ciudad, a miles de kilómetros de ella y de su suave aspereza. Pero la rememoro. Basta dar un vistazo por los textos de este blog para darse cuenta cuánto, pero cuánto la rememoro. Andalgalá es el pueblo de mis raíces. De mi apellido. De las comidas árabes de mi abuela que (¿oh casualidad?) murió hace poco más de 15 años. Tanto la rememoro que varios años después descubrí que mi mejor amigo es de Andalgalá, y no lo conocí en Andalgalá. Tanto la rememoro que me visto con sus áridos paisajes, duermo en los eternos viajes en colectivos que parecían carretas, y transpiro esa ruta que no era ruta. Y ahí se instalaron ellas. Las salvajes. A impedir que las rutas no sean rutas, que los colectivos no sean carretas, pero a desmembranar sus ríos, sus aguas, su naturaleza. La vida y el agua, dicen, no se negocian. Pero cuánto negocio hay en medio de la aridez, las no rutas y las carretas.

martes, 8 de septiembre de 2009

Muda

Muda. Dejando que la vida se amontone en cajas, cajones y bolsillos. Pero muda. Rememorando en cada pelusa el plumazo de las idas y las vueltas y las partidas y las quietudes. Muda. Mira el escobazo de la incertidumbre y juega a soportar. Pero muda. Se angustia y coquetea con despertar en la intemperie, en techos de paja que el viento desteje. Muda. De callar, de esconder, de pretender y no decir. Pero muda. De mudar, de buscar las palabras, los espacios, los instantes en soledad. Muda. El secar de las medias en el baño, la tarde lluviosa, la humedad en la alacena, la tibieza de sus pies enredados. Pero muda. Las noches en silencio, el bullicio del viento, la letanía del departamento. Muda. El reflejo de los autos en el cielorraso, los domingos de candombe, la plaza triste en las mañanas, el andar apresurado. Y se muda, de Tucumán a Buenos Aires. De Coghlan a San Telmo. De San Telmo a Boedo.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Satisfacción de la muerte

“El esfuerzo indispensable para suicidarme era superfluo ya que, desaparecida Faustine, ni siquiera podía quedar la anacrónica satisfacción de la muerte”.

Nota: extracto de "La invención de Morel", de Adolfo Bioy Casares