martes, 28 de julio de 2009

Las madres y el celular

Suele ser una de las burlas de mis amigos más cercanos. Es triste, pero asocian el sonido de mi celular a una llamada de mi vieja. Nunca se les ocurre que puede ser un tema de trabajo, un colega, un amigo de la infancia, mucho menos un enamorado. Nono, para ellos el sonido de mi celular es sinónimo de “otra vez, tu vieja”. Es que desde que tenemos ese bendito sistema empresas, donde todos los de la familia nos podemos hablar gratis, mi mamá llama cada dos por tres. Sin motivo alguno, eh. De aburrida nomás. Su muletilla es “¿alguna novedad?”. Y claro, mi repentina cara de ojete y mi voz casi violenta:

- Y no, mamá, ¡qué novedad puedo tener si hablamos hace 15 minutos!
- Buenooooo, es que te extraño, che. No seas malaaa.
- Bueno, mamá, es que es lo mismo cada vez.
- Ta’ bien. ¡Te quiero! Chau.
- Chau.

Encontré de casualidad este video (muy gracioso, por cierto) donde ironiza la situación de una madre que llama una y otra vez a su hija, por cualquier razón (o sin razón). “¿Qué pasaría si tu madre pudiera llamarte todo el tiempo?”, pregunta. Yo respondo: “Uff, decímelo a mí”.

viernes, 24 de julio de 2009

Las escapadas de mi viejito cabrón

1- El muy cabrón se escapaba y me seguía al colegio. Tenía que hacer malabares para despistarlo y evitar que entrara. Pero se las ingeniaba, a pesar de que le cerraba la puerta en la cara: daba la vuelta a la manzana y entraba por la otra entrada. Me daban ganas de matarlo, porque tenía que salir de clases, retarlo y convencerlo para que volviera a casa. Un día, en pleno examen final de una materia, el preceptor vino a buscarme: “Srta. Tapia Garzón, ¿podría sacar a su perro de la Rectoría?”. Cuando entré a la sala, estaba el muy cabrón moviéndole la cola a una endiablada rectora que no paraba de gritar para echarlo.

2- Un día vinieron mis compañeros del secundario a hacer un trabajo a casa. “Tu perro está en la avenida toreando a los colectivos, lo van a matar”, dijo uno de ellos. Salí a buscarlo, pero no lo encontré. El muy cabrón a veces se alejaba tanto que uno no sabía por dónde andaba. Pero a la tardecita siempre volvía. Rasgaba la puerta de entrada para que le abramos. Ese día no volvió. Ni al día siguiente. Ni al siguiente. Lo buscamos por todos lados, hasta en los alrededores de la avenida, pensando que quizás lo habían atropellado. Pero nada. A la semana habíamos perdido las esperanzas y empezamos a llorarlo. Era una mañana de un invierno tan frío como el de estos días. Amanecimos con su rasguño en la puerta y su llantito agudo. Traía puesto un pulóver ajeno.

3- Hace poco cumplió 15 años. Estaba sordo, casi sin dientes y con una afección cardíaca que lo cansaba demasiado cuando caminaba mucho rato. Pero seguía siendo tan entusiasta como aquellos años en los que me seguía al colegio o se metía en mi cuarto a marcar territorio en la pata de mi cama. El muy cabrón, mi viejito cabrón, se volvió a escapar hoy. Pero, esta vez, se escapó para siempre.

miércoles, 22 de julio de 2009

Pasta frola

Lo corta. Lo prueba. Sabor a infancia. Lo pone en un jarro a derretir. Ve cómo se deshilvana contra el aluminio. El vapor, el olor, la gruesa consistencia. El cosquilleo del viento en la cara. Su memoria difusa pero casi intacta. Las montañas de Andalgalá. El color cobrizo del dulce. Los ríos crecidos en el verano. El paisaje árido. La barraca pegadita al fondo de la casa de sus abuelos. Los durazneros. La jalea que comía del bote a cucharadas. Las parras. Las ciruelas. Las limas. Las tunas. El empacho aquel que no le quitó las ganas. La pileta municipal con agua de río. El trampolín más alto del mundo. Los huevos de las gallinas con las que jugaba a hacer tortas de barro. El pollito a medio formarse que salió de las cáscaras que acababa de romper. El sabor agrio de la travesura. La harina en la piel en pleno carnaval. La panadería del abuelo. La vecina chusma de la esquina. Su primer accidentada serenata. La masa estirada sobre la asadera enmantecada. El primer chico que le provocó susurros en la panza. La escapada al baile con su prima. La tía enojadísima que las descubrió. El piano en el hall de entrada. La plaza del pueblo al anochecer. Chaquiago. Vuelca el dulce de membrillo derretido. Hacía mucho que no cocinaba una. Los adornitos de arriba. El olor a horneado. Y su primer pasta frola después de tantos años.

sábado, 18 de julio de 2009

Súplica

Me impresiona esta imagen de AFP. Denota casi lo mismo que la clásica frase de humor de la Mafalda de Quino “¡Paren el mundo que me quiero bajar!”. Pero en versión drama, ¿no?

viernes, 17 de julio de 2009

Y para mí también

“¡Hay parrilla para dos, para tres, para cuatro!”, se lo escucha gritar con los panfletos en la mano. De lejos se lo distingue fácil. Su panza prominente, su altura bajita, su mirada desgastada. O será que para mí es fácil distinguirlo. Aunque la boina teñida de años y mugre le pese sobre la frente y le machuque los rizos blanquecinos. En los últimos dos años lo vi cuidar autos, permanecer sentado en el pequeño escalón de la puerta de la misma casa, saludar a todo el que pasa con un gesto amable y conocedor de esa cuadra de San Telmo en la que siempre, siempre, vela, palpita, relojea, trabaja. Y ahora sigue ahí mismo, repartiendo volantes. “¡Hay parrilla para dos, para tres, para cuatro!... y para mí también”, agrega, bajito, medio a escondidas, como diciéndolo para él mismo, como pensando en voz alta, casi como sin darse cuenta de lo que está develando.

El otro día le respondí, sin detener mi andar apresurado. “Qué suerte, compay, déjeme un huesito pa’ la próxima”, le dije al pasar. Me miró desorientado. Y siguió, sin pausa alguna: “¡Hay parrilla para dos, para tres, para cuatro!... y para mí también”.

miércoles, 8 de julio de 2009

Tan pero tan buena

Buena. Buena buena. De esas tan buenas que nadie se anima a mirarla de reojo. Pero tan buena que cuando se enoja conmueve. Pero tan pero tan buena que cuando está de malhumor se le tiñe la mirada mate, los labios finos, los párpados gruesos y se alisa su simpático cabello enrulado. Tan buena que la memoria se empeña en hacerle olvidar los pocos reniegues que provoca. Tan buena que vivimos tantas cosas. Tan buena que compartimos barrio, casa, travesuras, morisquetas, deportes, vacaciones, anécdotas, sonrisas, tristezas, dietas, gimnasios, chocolates, bailes, bebidas, ocio y charlas larguísimas. Tan buena que fue la primera en descubrir mis arrepentimientos, mis faltas, mis progresos, mis logros, mis amores, mis entusiasmos, mis empinadas caídas. Tan buena que yo descubro cada rinconcito de su andar, de sus anhelos, de sus inquietudes, de sus ganas de vida, de sus deseos de amor, de sus inquietudes por volar. Tan pero tan buena que a veces creo que es demasiado buena, pero de pronto me tira una mirada insidiosa y me hace cambiar de opinión. Tan buena que pensamos distinto, discutimos, nos empacamos, y me hace buena y ella sigue siendo buena y somos buenas entre las dos. Tan buena que la quiero tanto. Pero tanto la quiero, que me cuesta tanto tanto escribir estas líneas...

Nota: para mi queridísima amiga Abi, Feliz cumpleaños.

lunes, 6 de julio de 2009

Que llueva, que se vaya

Que llueva, que llueva, la tristeza está en la acera, la gripe se despista, se lava, se resbala. Que llueva, que llueva, mi bullicio queda en casa, mi rostro se renueva, mi angustia se destapa. Que llueva, que llueva, suspiro sin pudores, brotes en la ventana, contornos como agua, transparentan la gilada. Que llueva, que llueva, que se lleve la malaria, que se vaya.

jueves, 2 de julio de 2009

miércoles, 1 de julio de 2009

Libre de humo

Primer día "libre de humo" en el edificio donde está la redacción (que no es lo mismo que libre de seguir tirando humo). A las 12 del mediodía, los tres ceniceros instalados afuera, en la puerta, están abarrotados de colillas. Vaya libertad.